Bien, como mi cerebro se secó el año pasado y dejé de
escribir, pensé que sería una buena comenzar con una nueva historia para ir
avanzando una o la otra cuando tenga alguna loca idea en mi cabeza. Esta
historia tampoco tiene nombre aún, como la anterior, y utilizaré el mismo
sistema de enumerar los capítulos a medida que los vaya escribiendo.
1
Tenía 25 años cuando todo
comenzó, cuando se suponía que mi vida comenzaría, cuando saldría al mundo a
enfrentarme con todas las cosas que allí había, a afrontar todos los obstáculos
que se me presentaran para crecer aún más. Y estaba muy asustada.
Ese día lo único que estaba en mi mente era que lo había
conseguido; al fin había terminado la universidad y aunque me había resultado
más difícil de lo que esperaba, lo había logrado por mí misma y me sentía
orgullosa por eso.
Salí de mi ensimismamiento cuando
repentinamente oí «¡Italy!» en la voz conjunta de mis amigas Bibi y
Lucie, el par de locas más adorables que pude haber conocido en la vida y las
personas más importantes de mi vida por muchos años, las personas que mejor me
conocían y con quien había pasado muchas noches de risas, películas y llantos.
Quienes llegaban a la celebración que mi madre había organizado en casa, por mi
titulación, tal como hizo con mi hermano. Además estaban mis familiares, mi
hermano con su pareja, mis padres, por su puesto; otros amigos y Jules.
Bibi era ese tipo de personas que
siempre llegan tarde y de esas que cree siempre tener la razón, aunque no la
tenga; muy divertida, demente, eterna fan de los japoneses, su música y su
animación. Una increíble y original diseñadora de vestuario. Habíamos sido
amigas desde segundo de secundaria, cuando nos conocimos por pura casualidad,
como suceden las mejores cosas en la vida. Desde ahí hasta, incluso, terminar
los A-Levels, seguimos como mejores amigas. Nos visitábamos cada cierto tiempo,
me iba a quedar a su casa para sus cumpleaños y ella a la mía para los míos. Y
al entrar a la universidad comenzamos a organizar juntas en su casa, generalmente
una al año.
Y Lucie, ella era especial por el
simple hecho de ser ella. Había estado en momentos realmente difíciles, aunque
no físicamente. Nos llevábamos por tres o cuatro años, pero éramos tan
parecidas en tantos aspectos que perfectamente hubiésemos podido pasar por
gemelas o algo similar, a pesar de ser distintas en apariencia. Era esa única
persona que conoces en la vida que te conoce y comprende mejor que nadie, con
quien nunca o casi nunca discutes porque no es necesario; esa persona que entiende
cuando estás molesta y que sabe qué hacer y qué decir; de esas que no importa
el tiempo que pasen sin verse o sin hablarse, pues ese vínculo que tienen es
realmente irrompible.
Lucie no era de quienes llegan
tarde, empero esa era la primera vez que visitaba mi casa y habían decidido,
con Bibi, juntarse antes las dos para ir juntas a la fiesta. Razón por la que
ambas eran las últimas en llegar.
Jules… También a él lo conocí por
casualidad un día, en la universidad, cuando la aventura comenzaba. Él y yo
llevábamos cinco años juntos y era con quien planeaba comenzar esa nueva
aventura, esa nueva vida. No era una persona comparable con el resto, era
único. Un ser completamente bueno, respetable; una combinación de niño y
adulto. El típico galán de novela, pero real o así era como siempre lo vi,
desde el principio.
Él y yo no éramos la pareja
perfecta, para mí eso nunca existió. Éramos lo que queríamos ser, lo que nos
gustaba, lo mejor que podíamos y siempre fue suficiente. Discutíamos como toda
pareja normal, empero no pasábamos todo un día molestos ni nos íbamos a dormir
estando así. Y aunque yo era quien comenzaba los debates, era él quien me
seguía e insistía hasta lograr la reconciliación.
Así fue hasta que algo cambió, hasta que decidí marcar la
diferencia en la relación y madurar.